Hola amig@s blogeros, la verdad es que me voy a meter en un mundo que desconozco, pero lo que voy a relatar en este blog si es posible, es un libro que escribio mi padre en 1951, y quiero que sea un homenaje a él, ya que nunca he podido publicarlo, y no deseo que muera solo conmigo, y tambíen deseo dedicarlo a los vecinos del Barrio del Risco de San Nicolas, y de San Juan de la capital de Las Palmas de Gran Canaria.

Y a partir de ahora me limitaré a trancribir su libro.

"ANDANZAS Y PERRERIAS DE UN RISQUERO"

                    por

           PEDRO QUINTANA SANCHEZ

      Las Palmas, Octubre de 1951


PREAMBULO

   Como la gente dice que "cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas", yo, siguiendo su poco loable ejemplo, y aunque afortunadamente no tengo ni rabo ni cuernos, ni me dedico a la caza de tan antipático insecto volador, voy a tratar de matar las horas muertas que me suponen el estar sentado en este aburrido despacho sin tener nunca nada que hacer durante días y días relatándo las estupendas aventuras que me han pasado.... por la imaginacíon.

   Como todos los novelistas ( y esto no quiere decir que yo pretenda ni por un instante ser uno de esos simpáticos tios que nos relatan cosas inverosimiles y nos hacen creer en su realidad), voy a empezar mi narración.

CAPITULO I

Dicen que... Nací en el Barrio de San Nicolás, generalmente conocido por "EL RISCO", de la muy Noble y muy Leal del Real Ciudad de Las Pallmas de Gran Canaria, el día 17 de Mayo de Mil novecientos veintipico.

Ese día aunque ustedes no lo crean, debió de figurar en el Libro de la Historía, y escrito con letras de oro, por el grandioso hecho de haber venido yo a morar en el alle de Lágrimas éste que tenemos por mundo. Si, señor. Hecho como el demi nacimiento sólo ocurre una vez en la vida, y si no están ustedes conformes con esto y dicen que eso es una cosa vulgar y que ocurre centenares de veces al día y en todos los paises de este redondo mundo, estoy dispuesto a decirle que miente como un bellaco, pues ¿quén me demuestra a mi que yo he nacido anteriormente, o que volveré a nacer más tarde?.

   Demostrada mi razón al afirmar esto, continuemos adelante.

   Pero antes de continuar, permitanme que me presente: Mi nombre es Pablo Rodriguez, aunque familiarmente se me conoce por Pablito, cariñoso diminutivo que nunca me ha hecho ni pizcca de gracia, pero desgraciadamente tengo que seguir cargando con él, pues cualquiera les hace creer a la gente mayor que ese nombrecito no me gusta; mido un metro diez centimetros y peso unos treinta y tantos kilos. Mi pelo es moreno, cortado a rape, con solo una moña estilo seminarista por toda mi pelambrera y mi faz es tambíen morena.

   Según mi madre, no era feo, cosa que dicho sea los máximos respetos para la que me dío el ser, no creo que fuera cierto, pues la verdad es que hoy por hoy soy de lo más feo que pueda alguien imaginarse, no pareciendome posible que en tan pocos años como han transcurrido desde mi niñez de ayer hasta mi juventud de hoy, haya podido cambiar tanto.

   Supongo que los primeros años de mi existencia debieron transcurrir facil y placenteramente, puesto que de ellos no recuerdo nada o casi nada, salvo que tuve la tosferina, el saranpión las chinas y una meningitis.

   Solo a partir de principios del  año 1935, es cuando ya recuerdo algo, y por tanto, es a partir de esa época cuando tuvieron lugar los hechos que voy a consignar, y en los cuales tomé parte activa o hice de simple expectador.

    A principios de ese año nos dío a la chiquillería del barrio por hacer cuarteles, y al efecto nos reunimos unos quince o veinte y nos fuimos al Barranco Guiniguada en busca de un sitio adecuado para emplazarlo y comenzar seguidamente a su construccíon.

  En ello empleamos todos los materiales que nuestra buena madre natura nos deparaba... y las que los basureros tiraban al cauce. Todo nos servia: piedras, cantos rodados, latas, bidones, pedazos de madera, tela metalica, etc. etc.

    Por fin, al cabo de dos semanas de ímprobos trabajos, dimos por terminada la obra. Consistía en una hermosa barraca (lo de hermosa nos lo parecía a nosotros, aunque en honor a la verdad sea dicho, era bastante fea, sin forma alguna y toda torcida), capaz de contener en su interior a treinta o cuarenta chiquillos.

  Una vez terminado el "cuartel", procedimos a armarnos nosotros. Las armas eran un sable de madera o de arco ("arco" es una cinta metálica que tienen los barriles para sujetarlos), un arco hecho de varas de paraguas y flechas del mismo material; una "tiradera" un fusil (el palo de una escoba), un correaje hecho con arco flexible y cartucheras de latas de carne de Chicago, que utilizábamos para meter las piedras para la "tiradera", y por último una especie de escopeta de aire comprimido que me habían puesto los Reyes a mi aquel año, y que era la envidia de todo el "regimiento".

    Tambíen teníamos nuestra correspondiente banda de tambores hechos éstos con grandes y redondas latas de sardinas.

     Los domingos por la mañana haciamos un desfile  desde el cuartel del barranco hasta la Plaza de San Nicolas, bajo los redobles de los tambores. Las personas que por allí vivían, salían a las puertas y ventanas a vernos pasar, y muchas veces nos amenazaban con pegarnos, pues decían que estabamos "barruntando" guerra.